jueves, 13 de septiembre de 2012

Magia y otras cosas en las que no creeis


   No existe la magia blanca ni la magia negra y por no existir no existe ni lo que la gente llama magia. La vulgarización del término por la ficción, la predistigitación para impresionar a las masas y la ligazón con el poder religioso han alejado a la palabra de su definición y función original. La magia no es una vela a un santo, ni el poder de un conjuro en un viejo grimorio ni mucho menos un privilegio en la sangre de los elegidos. La magia no se materializa en forma de bolas de fuego, ni con objetos o quien la ejerce volando. La magia no siempre es efectiva, como no lo es el sistema eléctrico que enciende una bombilla o como tampoco lo es estudiar antes de un examen. La magia no es un recurso que soluciona los problemas en la vida de forma espontanea y perfecta. La magia no consiste en efectos portentosos, siempre será algo que la mente del profano o del no creyente pueda llamar casualidad, aunque pueda resultar un insulto a la estadística.

   La magia es el poder profundo de la voluntad cristalizada, tomando forma en las realizaciones más sutiles de la existencia. Contemplar la magia como un milagro lleno de luces y colores no es más que la consecuencia natural de haber dividido lo sacro y lo profano, la mente y el cuerpo, el espíritu y la materia. Todos los niveles existenciales están vinculados, haciéndose uno, y tienen existencia propia más allá de la pretendida base primigenia corporal.
   La magia forma parte del desarrollo de esta múltiple potencialidad humana. Con el entendimiento de la existencia de diversos niveles interrelacionados se trasciende la artificiosa división de los mundos. La compresión de esto permite poco a poco separar a quien investiga a si mism@ y a la realidad de las categorizaciones estancas y de la sobreestimación de unos cinco sentidos tan sobreexitados como atrofiados. La senda que abre esta perspectiva permite una compresión más completa de los sucesos, ya que no necesita del reduccionismo del cientificista, el psicologista ni el misticón. Acepta que en cada evento los condicionantes pueden ser distintos y que todos se relacionan con todos y mediante su experiencia accede a las explicaciones necesarias.
   Esta experiencia de la unicidad e interrelación sustenta la práctica de la magia y su porqué. Mediante el entrenamiento de la voluntad en sus diversas manifestaciones se logra llevar lo creado con ésta al resto de la realidad. Aunque por lo olvidado de la misma se considere extraordinario, de todo esto se puede entender que la magia es algo natural y común, pero difícil de entrenar y desarrollar, como otros tantos campos de aprendizaje de la vida.

   Fluyendo de la voluntad de una persona no tiene colores ni moral, más allá de las etiquetas que se le pueda dar, casi más para nuestra compresión y generación poética que para describir su naturaleza. Son las consecuencias y la intención lo que puede ser calificado como bueno o malo y en esto radica que quien practica reciba repercusiones kármicas por ello.
   Por otro lado, se encuentra el ritual y toda su parafernalia. Aunque suelan formar parte de todo acto mágico, la herramientas en si mismas no son mágicas. En todo caso pueden tener propiedades que potencien el acto mágico que se desea o estar cargadas o consagradas (o todo a la vez). Careciendo de voluntad, las capacidades de los objetos pueden ser diversos, pero por lo general, requieren una voluntad que las active.
   La magia puede ejercerse de varias maneras. Quién la practica sin apelar a nada más que su propia voluntad es lo que se conocería como un mago, quienes lo hacen apelando a una Potencia superior están dentro del grupo del sacerdocio y quienes combinan una y otras son practicantes de la brujería. Aunque esta conceptualización sea bastante tosca y los limites se difuminen, sirve bien para comprender estas realidades.
Esta distinción haría necesaria hacer otra. Otras capacidades, tan naturales como el respirar (pero tan poco desarrolladas como hacer cubos de rubik en 10 segundos), requieren de parte de esta voluntad, pero no se encuentran tan firmemente vinculadas a ella como las prácticas anteriores. Las capacidades de claravidencia y precognición no son magia. Son capacidades perceptivas que, de forma natural o entrenada, permiten a quien las usa percibir lo que aún no se está percibiendo. Estas habilidades usan diversas excusas como medio para proyectarse, como lo son el tarot, las runas, los pozos del té, etc. Cierto es que en estas herramientas en ocasiones se canaliza a Potencias que están asociadas a ellas, pero por lo general son trampolines para la "visión" extendida del consultante.

   La magia no es algo sobrenatural, ya que nada puede serlo. Existe todo un mundo, una mitad entera del tapete que hay que atreverse a descorrer. Esa mitad esta llena de Misterios que apelan directamente a la humildad de quien los explora. Tomar para si esos Misterios obliga a quienes lo transitan a saber que la incertidumbre es la vía más amplia y certera para el conocimiento. Solo quienes se atreven a quebrar de forma honesta la percepción heredada por la sociedad podrá verlos. Y solo quienes dejen atrás el ego podrán entrar en la trascendencia de permanecer sin ser.

1 comentario:

  1. No te falta claridad, amigo.
    Los límites culturales a la aceptación de la Realidad más allá de lo común-consensuado son un enemigo importante a batir.
    Pero como entiendo que dices, todo es pervertido por ese tumor que crece y destruye la auténtica riqueza de la persona. El ego.

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