viernes, 24 de junio de 2011

El valor de la la palabra

He tomado una opción que me lleva a un paso más allá: prescindir de nombres y categorías. No solo por recomendación del Tao, sino por lo que estoy viendo en cada diálogo que tengo. Somos imprudentes e impositivos. Vemos nuestro uso del término y como si fuese una trinchera nos fortificamos tras él para gestionar el campo de batalla de nuestra discusión. Mucha gente teme a ciertas palabras y ciertamente lo hacen porque desconocen el significado que otras personas le dan ¿pero es un error?

Me pregunto tras tanto debate si acaso mi predisposición enciclopédica por ajustar los términos a las diversas definiciones de las ciencias o la RAE no es sino una forma de perpetuar la hegemonía de ciertas perspectiva. Se que muchas personas de las llamadas "respetables" me dirían que uso los términos de formas precisa ¿pero eso es lo que quiero? ¿Quiero que las eminencias me den su respeto? ¿Quiero formar parte de los justos y los sabios? Creo que no. Creo que quienes podrían asentir por lo académicamente correcto de los términos no aportan nada con su dogmatismo para una comunicación horizontal. Lo he comprobado, lo que se defiende y plantea desde una clave "estudiosa" no sirve en la cotidianidad. El criterio científico se supone aséptico e inflexible, pero la vida no lo es, la relación entre las personas tampoco.


Quizás mejor que un "no" sea un "¿qué entiendes por?". Lo contrario es mantener que por manejar una etiqueta de una forma u otra ya llevas la razón per se. "No, tu no sabes de lo que hablas, no has estudiado, no lo has leído, no lo has visto" ¿Acaso no es esa la forma de hablar de quienes han plantado sobre nosotros el yugo del pensamiento Único? ¿Pretendemos ser quienes suplanten los criterios de verdad de una pirámide por otra, en la que como una nueva hermandad de inquisitorial dictemos lo correcto y lo incorrecto? Me da escalofríos darme cuenta de hasta que punto lo que llegamos a hacer es girar la rueda de forma cíclica. Proponer un lavado de cara en la que el Poder sigue siendo el Garante del Control.


Debemos cambiar la visión que traemos de nuestro entorno. El Poder que debemos desear debe ser el Garante del Servicio. Que aquello que tengamos sea para favorecer a los demás. Manejar los conceptos para usarlos como indicador de cuanto sabemos y cuanta razón llevamos solo sirve para imponer, no para comprender ni ayudar. Obviamente el lenguaje se compone de un pacto común para la comunicación, pero la palabra tiene sentido denotativo y connotativo y en algunos casos, uno de ellos tiene más presencia que el otro, e incluso lo sustituye. Por eso, expulsar las ideas de nuestro interlocutor tiene sobre el término, como si fuese un exorcismo, nos alejará del que y el porqué piensa y actúa de cierta manera. Es mejor agotar la fuente de las preguntas y así avanzar en el conocimiento mutuo y sobre el asunto del que se habla.


La humildad, la ayuda y la dignidad son los pilares sobre los que deberíamos apoyarnos cuando tratamos a alguien como un igual en condición y derechos.