viernes, 21 de noviembre de 2014

La supervivencia del símbolo

 Nuestra vida se ha convertido en un auténtico acto de supervivencia, aunque hay pocas cosas que amenacen realmente nuestra integridad. Ésta se va construyendo como si nos preparáramos contra un asedio. Algo de turbiedad en las aguas y creemos que las han envenenado. Un transeúnte pasa frente a nuestras murallas y queremos o convertirlo en el aliado más fiel o prevenirnos de que sea nuestro peor enemigo. Hemos convertido nuestra propia vida en un campo de entrenamiento de alto rendimiento para enfrentarnos al hecho de vivir. Todo está encaminado a garantizar la comodidad, la conformidad ajena, la seguridad, el rendimiento y la fortaleza. Todo esto, soñando con el día en el que nada supondrá ni un pequeño desafío, que nada nos sacará de nuestro círculo de confort.

Este camino es traicionero, porque aleja a la persona de su propia realización y siempre exige más y más. Las pautas sobre comodidad, la conformidad ajena, la seguridad, el rendimiento y la fortaleza las extraemos del aprendizaje social. Las guías siempre pueden ser útiles, pero hay que mirar detenidamente sus efectos, origen e incluso intencionalidad. Si ojeamos ligeramente la utilidad última de estas pautas, lo que pretenden es la estandarización de todas las esferas de la vida humana en una norma sencilla y común. Esto, normalmente se asocia, incluso, con cosas tan concretas como el poder, el consumo y la riqueza. Mucho de lo que se nos pide viene promovido por grupos a los que le conviene que creamos que las cosas son y deben ser de cierta manera, ya que extraen alguna posición de control sobre el resto.

Pese a esto, el miedo es un sentimiento totalmente natural y justamente esa es la clave. Nuestra supervivencia como especie ha estado condicionada a huir de las amenazas que podían perjudicar y destruir nuestro cuerpo. El estado de alerta nos ha ofrecido la oportunidad de llegar de un estadio partiendo de uno en el que nuestros pensamientos apenas tenían símbolos, al actual, a otro en el que nuestra vida es indiscutiblemente simbólica. Y esta es la cuestión, un significado, un pensamiento, no te mata a menos que sea tu propia voluntad quien haga manifiesto el peligro. Hemos perpetuado la vivencia de la amenaza de la aniquilación, pero la inmensa mayoría de personas en nuestra sociedad no tiene nada que vaya a destruirles. Hemos trasladado el miedo a la muerte del cuerpo, a la muerte de la identidad y a la perdida de la seguridad y el control.

Poseemos medios para mantener la salud, para acercarnos a nuestros intereses y suficientes personas como para encontrar aquellas que realmente nos resulten beneficiosas. Pese a esto, nuestro enfoque no se orienta a "que puedo hacer hoy para realmente ser y hacer lo que realmente aprecio", si no a "que puedo hacer hoy para no perder nada de lo que tengo". Un autosecuestro que induce obligatóriamente a un estado paranoico en el que se perciben peligros en todos los lugares. Si la prioridad es la defensa, lo importante es que lo que sea, perdure, se mantenga y no sea cuestionado. Si esta es de las primeras prioridades de la lista, cuestiones como conocerse, conocer a los/as demás y fomentar lo que nos realiza, queda en un segundo plano. La consecuencia de esto se hace notar rápidamente. Todo, absolutamente todo, se convierte en algo peligroso, por lo que se empiezan a evitar pensamientos, emociones, interacciones, situaciones y personas, solo por el hecho de que puedan ser algo que nos desestabilice lo más mínimo. La evitación es un mecanismo totalmente necesario, pero del mismo modo que es poco útil tomar sopa con un tenedor, huir ante lo que no es necesario, es improductivo y dañino.

La vida sucede por si misma y es total e irremediablemente incontrolable. Podemos crear compartimentos estancos, podemos negar participar de todo lo que queramos, podemos intentar controlar al resto... y mientras nos esforzamos en mantener "el correcto orden de las cosas", trazamos un relato de vida de frustración, sobreesfuerzo, enfrentamientos, enemistades, arrepentimiento, melancolía y angustia. La vida, seguirá sucediendo por si misma, pero desde un acto de no-vida, como desde la muerte, mirarla por un agujero, con miedo a lo que pueda aparecer. Nuestra experiencia se vuelve estanca, inflexible, irritante y sin sentido, porque el único sentido que parece interesarnos es el estatismo. Aunque la muerte se pueda representar por lo rígido, esta rigidez es justamente la que quiebra para que las partes formen de nuevo parte de la vida.


Hemos olvidado la literalidad de vivir a cambio de la supervivencia de símbolos que no son nuestros y que nos perjudican Mientras que el cuerpo solo admite una muerte, la identidad puede soportar todas las que sean necesarias. La transformación está en todo y nada se queda desconectado y perdido del resto del Universo. Quizás sea conveniente morir un poco cada día, para a la mañana siguiente renacer. Quemar los desechos, aunque el calor del fuego nos abrume y duela, y cultivar las enredaderas que nos hacen abrazar la experiencia. Solo tenemos la absoluta certeza de que esta vida la viviremos solo una vez, pero elegir como, está exclusivamente en nuestras propias manos.