jueves, 27 de noviembre de 2014

Desarrollo y retroceso

Las necesidades humanas son una cuestión bastante compleja. La linea divisoria entre éstas y los caprichos son a veces difusas y problemáticas. No por menos básico, el interés que tenga la persona es menos legitimo, pero seguramente, será notablemente menos fundamental para la propia existencia y definición. Clarificar esto no debería ser usado para reducir lo aceptable a un guión empobrecido, pero si para asentar unos mínimos de convivencia y desarrollo personal. Quedará en manos de cada sujeto determinar que significados atribuye, que intereses desarrolla y que modo de vida ejecuta.

Pese a que lo dicho pueda sonar a obviedad, no lo es tanto. Una falda es un elemento que se supone que en si mismo nada dice, pero verla en un hombre de lugar a multitud de comentarios, muchos de ellos nada considerados ni agradables. Solemos dar ciertas cosas por sentadas, principios supuestamente básicos y difundidos de una sociedad que son mantenidos y respetados. Libertad, apoyo, cooperación, respeto, tolerancia... Sin embargo, tanto nuestras relaciones intrapersonales, interpersonales y, por supuesto, estructurales (legales y políticas), están atiborradas de planteamientos y actitudes que socavan estos "principios inalienables". Nuestra cultura, como todas, tienen a perpetuarse a si misma, y en nuestro caso, nos encontramos con una sociedad tendente al garantismo, a la búsqueda de una de una desaforada búsqueda de seguridad. Lamentablemente, esta sobrefocalización, que sería perjudicial de todos modos, no se centra en esas bases, si no en la perpetuación y en la evitación del peligro. Nuestra sociedad, y por lo tanto, la mayoría de nuestras acciones como sujetos, no se enfocan hacia la promoción y la expansión de aquello que pueda haber de bueno, si no en el control y el castigo de cualquier cosa que se pueda suponer como mala o desestabilizadora del sistema y las relaciones.

Todo esto nos conduce a una polarización de absolutos, lo bueno y lo malo. Desde luego, la creación de reglas, incluso las más duras y dracónicas, han ejercido un papel fundamental en la supervivencia de nuestra especie. Quizás no hayan sido las mejores o las explicaciones que se les han dado al porqué de su existencia no sean las más literales. No es necesario entrar en una discusión sobre la pertinencia ética de las perspectivas del pasado, ya que la posición desde la que dictáramos nuestro juicio está totalmente fuera del contexto en el que surgieron. Dando un paso más allá, se podría afirmar que es perder el norte, ya que el presente tiene bastante cosas que resolver y corregir como para enmendar los libros de historia. En lo que nos rodea encontramos suficientes situaciones de abuso, desconcierto e incoherencias. Aunque la mayoría de estas circunstancias proceden del pasado, la solución no está en sentenciarlo, si no en conocerlo para saber que procesos están participando del presente y así corregirlos desde su raíz.

Tenemos una idea bastante concreta de que hay que hacer para traer el "bien" al mundo. Todos estas acciones se articulan sobre tres ejes: acumulación, gozo y seguridad. Participamos como sociedad en una visión del mundo como una máquina que avanza irrefrenable hacia una mejora constante, que soluciona y solucionará todos los problemas de la humanidad y el sujeto. Por suerte o por desgracia, esto no es cierto para nada. Las técnicas, la tecnología y el conocimiento es cierto que se expanden increíblemente, apilando y recombinando los avances anteriores, creando una posibilidades inimaginables para la mayoría hace diez años. Pero aquí comienza a flaquear la idea de progreso. No todo el mundo accede por igual (incluso ni si quiera accede) a estas mejoras cotidianas. Si esto no ocurre, es decir, que no toda la humanidad accede a los avances de la humanidad ¿qué está ocurriendo? ¿como el ser humano no se beneficia del avance humano? Dos respuestas se antojan como posibles y complementarias.

Por un lado, nuestra forma de abordar la realidad desde criterios cerrados y estancos, siempre agrupados en las columnas de "bien/mal", "correcto/incorrecto", nos separa continuamente de la experiencia, el aprendizaje y la sensación de unión a lo que nos es notablemente semejante. No es que no existan comportamientos realmente reprobables y otros celebrables, si no que hemos intentado colocarlos todos bajo uno de estos estandartes. Con este proceder, sin tener conciencia de ello en muchas ocasiones, clasificamos, ya no a las conductas (pues se suele considerar comportamiento y persona la misma cosa, otro error común), si no a las personas. Con esto, terminamos creando jerarquías de individuos o colectivos más o menos correctos/incorrectos y buenos/malos, con lo cual, al oponerlos al "Bien" y a nosotros/as mismos/as, le vamos arrebatando humanidad, dignidad y derechos. Si algo está demasiado lejos o no comparte nuestra buena cualidad humana, en el mejor de los casos, lo hacemos desaparecer y en el peor, intentamos destruirlo.

Por otro, esa linea de desarrollo, ni es la única, ni todas se someten a ellas. Podríamos considerar tres vertientes; filogenética, ontogenética y social. La primera, es la evolutiva, la transformación de los organismos a lo largo de las eras, dándole las formas y funciones que conocemos en la actualidad. La tercera, es la que hemos estado comentando más arriba. El conjunto de perspectivas, herramientas, técnicas, conocimientos y formas relacionales que un grupo humano ha desarrollado a través del contacto con el medio y otros grupos. La sociedad, la cultura, es una construcción que pretende ajustarnos al entorno. Cuando las amenazas del entorno son superadas, se desarrollan apartados relacionados con el ocio y todo lo que ello conlleva. Multitud de sociedades y culturas han aparecido, desaparecido y se han mezclado a lo largo de nuestra existencia como especie. Desgraciadamente, por la propia tendencia humana a la reconfirmación y perpetuación ha hecho que abordemos amenazas no letales como si lo fueran.

Por lo expuesto en el párrafo anterior, la vertiente ontogenética, la que habla de la historia personal y el aprendizaje, es la más olvidada. Habitando dentro de una cultura garantista fundamentada en la acumulación, el gozo y la seguridad como fundamentos vitales, ya estamos preorientados a ciertos tipos de vidas. Evitar el dolor, la pérdida, el fracaso, los errores, el miedo, la tristeza y cualquier otra situación o emoción afín, negamos más de la mitad de nuestro campo experiencial. Que los dictados culturales nos obliguen a orientarnos al reconocimiento social permanente, la adquisición de poder, atributos físicos y comportamentales concretos, pertenencia a colectivos aceptados socialmente y participar de contextos designados como deseables, hacen el resto del juego. Expresado de otra manera: "Esto es lo único que merece la pena que consigas, perderlo te restará legitimidad y debes hacerlo sin caer en ninguna de estas cosas, porque eso te haría perder legitimidad también". Se hace muy difícil con estos planteamientos cualquier otro enfoque.

Aunque evolutivamente tenemos unas herramientas extraordinarias y únicas (como otras especies animales y vegetales) y a través de las construcciones sociales nos hayamos adaptados a cualquier medio físico, parece que no nos hemos ajustado para nada el hecho de vivir. La creencia ferrea de que más es más nos está destrozando, al querer mejores casas, mejores moviles, mejores cuerpos, mejores parejas... Puede sonar escandaloso que se critique algo por querer hacerlo "mejor", pero la cuestión está en que se considera que algo lo es y porqué. Hay que recordar todo ese bagaje cultural, esas imposiciones sobre lo correcto, que realmente nos perjudican, preocupan y desorientan. Esto nos devuelve al principio de este texto. Hemos asimilado como necesidades de vida o muerte cosas que muchas veces ni si quiera nos importarían de base. Ideas tan clásicas como que si estás interesado por algo o alguien, el sufrimiento que sientas revelará en que grado realmente te importa. Lo curioso, es que esta forma de afrontar las cosas a través de la preocupación ha demostrado ser inútil para conseguir lo que queremos, y que en muchas ocasiones, hasta nos dirige a la dirección opuesta. Y con esto, nos ocurre con multitud de cosas.

La paradoja en esto, es que, pese a que tenemos todos los recursos nombrados, se nos ha olvidado que la experiencia de cada sujeto es única y que se inicia al nacer. Parece que presuponemos, que al avanzar la tecnología y la perspectiva de la sociedad, se crea un punto de inicio superior a otras etapas en la que las personas nacen con cualidades mejores a las que vinieron antes que las anteriores. Aunque ahora usemos ideas como tolerancia, respeto, integración, etc, son términos vacíos si no se abordan desde una experiencia propia y genuina. Todo desarrollo en cualquier ámbito queda estéril en gran medida si no se integra la dignidad y el aprendizaje del individuo en el. Nuestra constitución genética, más que probablemente, será exactamente igual que la de cualquier persona del medievo, por lo que nacer en esta época no nos hace emplear realmente todas las herramientas de las que disponemos. La cuestión está, en que, enfocados en el gozo, la seguridad y acumular, atendemos permanentemente a anclas externas que nos debilitan y hacen vulnerables a cualquier mínima cosa que socave la consecución de esos principios.

Hemos invertido un esfuerzo notable en el aparataje técnico, pero hemos ido abandonando cada vez más la atención a las ramas humanísticas y nuestras verdaderas e íntimas necesidades naturales ¿De que nos sirve "someter" la naturaleza (triste e imposible intención esta), conocer la composición de las estrellas o el funcionamiento exacto de cada neurona del cerebro si somos incapaces de llevar una vida que realmente nos resulte satisfactoria?

viernes, 21 de noviembre de 2014

La supervivencia del símbolo

 Nuestra vida se ha convertido en un auténtico acto de supervivencia, aunque hay pocas cosas que amenacen realmente nuestra integridad. Ésta se va construyendo como si nos preparáramos contra un asedio. Algo de turbiedad en las aguas y creemos que las han envenenado. Un transeúnte pasa frente a nuestras murallas y queremos o convertirlo en el aliado más fiel o prevenirnos de que sea nuestro peor enemigo. Hemos convertido nuestra propia vida en un campo de entrenamiento de alto rendimiento para enfrentarnos al hecho de vivir. Todo está encaminado a garantizar la comodidad, la conformidad ajena, la seguridad, el rendimiento y la fortaleza. Todo esto, soñando con el día en el que nada supondrá ni un pequeño desafío, que nada nos sacará de nuestro círculo de confort.

Este camino es traicionero, porque aleja a la persona de su propia realización y siempre exige más y más. Las pautas sobre comodidad, la conformidad ajena, la seguridad, el rendimiento y la fortaleza las extraemos del aprendizaje social. Las guías siempre pueden ser útiles, pero hay que mirar detenidamente sus efectos, origen e incluso intencionalidad. Si ojeamos ligeramente la utilidad última de estas pautas, lo que pretenden es la estandarización de todas las esferas de la vida humana en una norma sencilla y común. Esto, normalmente se asocia, incluso, con cosas tan concretas como el poder, el consumo y la riqueza. Mucho de lo que se nos pide viene promovido por grupos a los que le conviene que creamos que las cosas son y deben ser de cierta manera, ya que extraen alguna posición de control sobre el resto.

Pese a esto, el miedo es un sentimiento totalmente natural y justamente esa es la clave. Nuestra supervivencia como especie ha estado condicionada a huir de las amenazas que podían perjudicar y destruir nuestro cuerpo. El estado de alerta nos ha ofrecido la oportunidad de llegar de un estadio partiendo de uno en el que nuestros pensamientos apenas tenían símbolos, al actual, a otro en el que nuestra vida es indiscutiblemente simbólica. Y esta es la cuestión, un significado, un pensamiento, no te mata a menos que sea tu propia voluntad quien haga manifiesto el peligro. Hemos perpetuado la vivencia de la amenaza de la aniquilación, pero la inmensa mayoría de personas en nuestra sociedad no tiene nada que vaya a destruirles. Hemos trasladado el miedo a la muerte del cuerpo, a la muerte de la identidad y a la perdida de la seguridad y el control.

Poseemos medios para mantener la salud, para acercarnos a nuestros intereses y suficientes personas como para encontrar aquellas que realmente nos resulten beneficiosas. Pese a esto, nuestro enfoque no se orienta a "que puedo hacer hoy para realmente ser y hacer lo que realmente aprecio", si no a "que puedo hacer hoy para no perder nada de lo que tengo". Un autosecuestro que induce obligatóriamente a un estado paranoico en el que se perciben peligros en todos los lugares. Si la prioridad es la defensa, lo importante es que lo que sea, perdure, se mantenga y no sea cuestionado. Si esta es de las primeras prioridades de la lista, cuestiones como conocerse, conocer a los/as demás y fomentar lo que nos realiza, queda en un segundo plano. La consecuencia de esto se hace notar rápidamente. Todo, absolutamente todo, se convierte en algo peligroso, por lo que se empiezan a evitar pensamientos, emociones, interacciones, situaciones y personas, solo por el hecho de que puedan ser algo que nos desestabilice lo más mínimo. La evitación es un mecanismo totalmente necesario, pero del mismo modo que es poco útil tomar sopa con un tenedor, huir ante lo que no es necesario, es improductivo y dañino.

La vida sucede por si misma y es total e irremediablemente incontrolable. Podemos crear compartimentos estancos, podemos negar participar de todo lo que queramos, podemos intentar controlar al resto... y mientras nos esforzamos en mantener "el correcto orden de las cosas", trazamos un relato de vida de frustración, sobreesfuerzo, enfrentamientos, enemistades, arrepentimiento, melancolía y angustia. La vida, seguirá sucediendo por si misma, pero desde un acto de no-vida, como desde la muerte, mirarla por un agujero, con miedo a lo que pueda aparecer. Nuestra experiencia se vuelve estanca, inflexible, irritante y sin sentido, porque el único sentido que parece interesarnos es el estatismo. Aunque la muerte se pueda representar por lo rígido, esta rigidez es justamente la que quiebra para que las partes formen de nuevo parte de la vida.


Hemos olvidado la literalidad de vivir a cambio de la supervivencia de símbolos que no son nuestros y que nos perjudican Mientras que el cuerpo solo admite una muerte, la identidad puede soportar todas las que sean necesarias. La transformación está en todo y nada se queda desconectado y perdido del resto del Universo. Quizás sea conveniente morir un poco cada día, para a la mañana siguiente renacer. Quemar los desechos, aunque el calor del fuego nos abrume y duela, y cultivar las enredaderas que nos hacen abrazar la experiencia. Solo tenemos la absoluta certeza de que esta vida la viviremos solo una vez, pero elegir como, está exclusivamente en nuestras propias manos.